Mártires de hoy

También hoy día hay mártires.

No nos referimos, con esto, a que se haya provocado una nueva persecución a muerte física (todavía) sino que lo que es insoslayable, por ser de imposible olvido, es que desde instancias oficiales y, lo que es peor, desde la ideología de lo políticamente correcto, se ha abierto la veda (hace ya algún tiempo) para que el ataque, el zaherimiento, el ir contra lo católico, se convierta en una especie de divertimento nacional y, con ello, tratar de arrinconar, si es que eso es posible, la Fe en el ámbito secreto de lo íntimo o en el comunitario acercarse a Dios de la Sacristía. Esto sin olvidar que, en muchos lugares del mundo hay cristianos dando su vida por ser, precisamente, cristianos.

Por eso decimos que, en verdad, también hoy, hay testigos, y que, como mártires que son, merecen la atención que no se les presta desde quien no quiere prestarles ninguna ya que si Tertuliano decía que “La sangre de los mártires es semilla de cristianos” también con un proceder correcto en el ámbito de la defensa de la Fe se puede verter sangre aunque no esa, ésta, física, sino puramente espiritual, de entrega a la Palabra de Dios. Y este especial líquido, que se incorpora al bien social por haber respondido a las asechanzas del Maligno en versión presente, ha de ser, por necesidad intrínseca, una nueva luz (siendo la de siempre) que, en la oscuridad de la tiniebla, en el desierto de hoy, conduzca al pueblo de Dios al destino de su Reino.

Entonces, ¿cómo podemos ser, cómo somos, mártires de nuestro tiempo?

Seguramente existen muchas formas pero, por presentar algunas de ellas, quizá las que siguen puedan servir para discernir lo que somos y, sobre todo, lo que deberíamos ser y, hasta es posible que abran algún que otro ojo cerrado por la pasión por el siglo.

Se es mártir del presente cuando, con la paciencia propia de quien cree en que lo que cree es cierto, se soporta el ataque que cayendo gota a gota, hecho a hecho, norma a norma, va minando el sentido mismo de la Fe porque así entienden, sus detractores, que conseguirán menguar la resistencia que presentamos a la manifestación de odio.

Por eso, se es mártir del presente cuando, con intención verdaderamente tergiversadora de la verdad, se pretende imponer una memoria tendente a causar estragos en la sociedad, a romper (eso pretenden) el hilo de la historia que tan difícilmente habíamos tejido el pueblo español: creyentes, agnósticos y ateos. Pero se es mártir cuando se ha de ver, impasibilidad obligada, como ese recordar está lastrado por una ideología, dominado por un odio que no recoge, en sus recuerdos, la sangre derramada por los verdaderos mártires de los cuales ahora, casi ya, vamos a traer a la vida comunitaria del pueblo de Dios. Por eso, bien dijo en su día el emérito cardenal Amigo que “Es un retroceso histórico y cívico, con un riesgo evidente de tensiones, discriminaciones y alteraciones de una tranquila convivencia”, un posible vivero de mártires, añadimos nosotros.

Así, se es mártir del presente cuando, en ejercicio de unos derechos que entendemos naturales, y, por eso mismo, apoyados por una Ley que tiene carácter supremo y, por eso, superior a la humana, nos oponemos a que se pueda manipular al ser humano atentando contra la vida del no nacido. También si es, simplemente, usando del material genético como si no fuera una persona a la que se intentan aplicar técnicas que, dicen, mejoraran la vida de otras personas y, por eso, se nos considere retrógrados y contrarios a los avances científicos. Pero en nombre de la ciencia no es posible denigrar al ser humano tratándolo como una cosa por muy diminuto que sea su tamaño y hayan pasado pocos días desde la concepción.

Se es mártir del presente cuando, en apoyo a unos valores que entendemos fundamentales para la vida humana y que se asientan en una fe milenaria (más de 2.000 años la contemplan si abarcamos, cosa obligada, en nuestra visión, la época dilatada que comprende el Antiguo Testamento o, mejor, Antigua Alianza) no se cree posible soportar sobre las espaldas de nuestros hijos o los hijos de otros padres y, al fin y al cabo, sobre la sociedad toda, la imposición política y administrativa de una asignatura como es Educación para la Ciudadanía que, a pesar de los pesares, no acaba de ser eliminada del calendario escolar por quien dijo que haría lo que en justicia le corresponde. Y la forma de ser testigo es, sin duda alguna, la oposición a la misma con la consiguiente discriminación hacia los educandos como si fueran apestados de un mundo políticamente correcto donde ha de primar lo moderno sobre lo eterno, el tener sobre el ser.

También se es mártir del presente cuando se comprueba que se quiere, se pretende, se está llevando a cabo, una eliminación paulatina de la enseñanza de la Religión Católica en los centros que, por obligación legal, constitucional y concordataria, debía de estar no sólo protegida sino incrementada en cuanto tiempo empleado en su impartición, desarrollo y conocimiento.

Se es mártir del presente seguramente de muchas formas, como hemos dicho supra. Sin embargo, cada una de las formas aquí someramente expuestas no es más que la demostración de ese martirologio (víctimas de la causa del Creador) diario, al que nos acogemos, con gusto, aquellos que nos consideramos hijos de Dios; gustosos de dar, de esa forma particular, la vida por Cristo y, claro, también, por el hermano o prójimo.

Quizá ahora no se muera por ser mártir (aunque algunas personas sí que tienen esa especial gracia divina) del presente, al menos en nuestra sociedad occidental. Sin embargo es, si bien lo pensamos, bastante peor, porque se nos deja preteridos, dejados, nunca mejor dicho, en la mano de Dios pero nunca de la mano de Dios olvidados porque el Padre, para eso, sí es fiel y misericordioso, verdadero mártir en semejanza de Hijo.


Eleuterio Fernández Guzmán
Publicado en Acción Digital